Era una mañana fría de invierno, exactamente, las once menos veinte, una hora antes de que el antiguo y desafinado timbre anunciase la hora del recreo. Los alumnos estaban sentados sobre unas sillas aparentemente cojas, debido a la corrosión contra el suelo, y apoyaban sus brazos sobre mesas desgastadas y arañadas debido al paso del tiempo, mientras escuchaban otra aburrida lección más de historia en inglés la cual detestaba la mayoría del alumnado.
Cuando sonó el ensordecedor timbre, la clase depositó sus pertenencias sobre las mesas y se marcharon al patio del recreo a hablar sobre momentos pasados, relaciones recientes y profesores angustiosos, todos menos dos chicas y un chico, David, un chico muy corpulento, de estatura baja, pálido como la nieve y con ojos color miel, sin ambiciones en la vida, que recogió su mochila y salió del instituto, engañando al incrédulo guarda de seguridad. Para él, el instituto era una cárcel a la que muy pocos sobrevivían y eso le agobiaba, por esa razón desarrolló un odio irracional hacia la escuela e intentaba escaparse como sea de allí, pero ese día no iba a ser otro día más para él.
Mientras doblaba la esquina del instituto, dirección a su casa, un hombre de veinte años, aproximadamente, con un aspecto que incitaba el miedo, se paró ante él y le dijo:
- ¿Quieres un poco? -le mostró una bolsa de plástico que contenía el polvo blanco prohibido- lo vendo a muy buen precio y es de excelente calidad, no encontrará uno igual en toda la ciudad.
+ No, gracias. -Respondió David asustado mientras hacia amago de seguir caminando, pero el hombre se lo impidió.
- Era una pregunta retórica, chico, claro que quieres. -Insistió el hombre, metiendo su mano en la sudadera de David, cogiéndole el poco dinero que tenía y depositándole el sobrecito. Nada más finalizada la acción huyó corriendo.
El chico cogió la bolsa odiosa y pensó en tirarla, eso no le traería mas que desgracias, pero se contradijo él mismo, alegando que un poquito para sentir nuevas sensaciones no le haría nada y justo en ese momento David sentenció su muerte.
Pasaron los días y los meses, cada vez más necesitaba su dosis diaria por el hecho de que le motivaba a hacer cosas que él, en un estado normal, no haría debido a su falta de motivación, hasta que un día cometió un gran error, mezclar la droga con otra sustancia. Cogió de la nevera de su casa un Red Bull que compró el día anterior para indagar en aquella mezcla y se fue de su deprimente casa hacia un descampado que había en los alrededores, hundió la anilla de la lata hacia adentro y se bebió la bebida energética de un único sorbo. A continuación, sacó la droga de una bolsita situada en el bolsillo derecho de su pantalón, la derramó sobre un papel de liar tabaco y empezó a absorberla por la nariz. Se sintió fuerte, con poder de libertad y , sobre todo, motivado, pero conforme iba pasando los segundos, se iba sintiendo cada vez más raro. El pecho le latía a un ritmo que ni el reloj podía medir, las manos le sudaban al mismo tiempo que su frente.
Sintió que le iban faltando las fuerzas, no podía seguir de pie y calló al suelo, golpeándose la cabeza. Al cabo de un minuto, el corazón no soportó más el ritmo cardíaco y decidió que era momento de abandonar y descansar, mientras David rogaba no haberse topado con aquél hombre que le sentenció de por vida.
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